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(Continúa)

¿Pero cuál es el hilo conductor de todo este entramado interior que me lleva a plasmar palabras sobre el papel? Sin duda, la defensa de la individualidad, del propósito unipersonal del hombre en perpetua confrontación con el ojo de Owen que todo lo ve, vampirizando el subconsciente, incluso el consciente mediante la idea única. Qué sería de nuestro mundo si algunos escritores y poetas no se hubieran opuesto con la pluma y a veces con su vida a los totalitarismos revestidos de falsa igualdad y fraternidad. El pensamiento único lo definió con claridad meridiana Nicolás Sarkozy como

“el pensamiento de quienes lo saben todo, de quienes se creen no sólo intelectualmente sino también moralmente por encima de los demás”.

Exactamente igual pasa en la otra esfera que piso, el mundo empresarial, si no existieran empresarios con ideas exitosas, generadora de riquezas, ¿cuál sería nuestro futuro? Claramente seríamos piezas robotizadas que bajo la presión constante de una nomenclatura cainita nos obligaría a repetir ininterrumpidamente los mismos movimientos y esquemas sin más horizonte que una cadena de montaje decrépita y cortocircuitada por la desmotivación. Esto no es un ejercicio teórico, antes bien, es empírico, se ha demostrado mediante el colapso de los regímenes paralizantes que desaparecieron tras la caída del muro de Berlín. Obviamente el Estado o lo que a mí me gustaría definir como los servidores de los demás, deben de intervenir para regular el exceso de los monopolios, de las trusts, en definitiva, del egoísmo latente en el hombre, porque si no también se volvería a otro pensamiento único de distinto sesgo, pero de igual maldad. Por lo tanto, soy un hombre que creo intrínsecamente en el Ser humano y en su libertad. En realidad, si profundizamos un poco, esta es la síntesis de todo lo que escribo. Este paso de una actividad a otra, del calor al frío es lo que me mantiene relajado y vivo.

José María de la Cuadra